Por Lic. Mauricio Guerrero
En Argentina conocemos de sobra nuestra historia. La violencia nunca empieza de golpe con un hecho físico; empieza en las palabras. Lo que arranca como una agresión o un insulto desde un micrófono oficial, no queda congelado en una pantalla. Se traslada al colectivo, a la fila del supermercado, a la mesa familiar y al trato cotidiano entre argentinos.
Nadie pide impunidad ni ausencia de debate. La crítica al periodismo es justa, necesaria y parte fundamental de la democracia. Lo que no se puede naturalizar es la incitación al odio ni la deshumanización del que piensa o informa distinto. Señalar con el dedo y bajar la orden implícita de atacar abre una puerta que después nadie sabe cómo cerrar.
No hace falta ser dramáticos ni exagerar para ver la realidad: si el mensaje que baja desde arriba es que al otro hay que destruirlo, la escalada de violencia en la sociedad se vuelve inevitable.
Estamos a tiempo de parar la pelota. Es un llamado urgente a la responsabilidad y a la cordura colectiva. Porque si dejamos que la chispa prenda, en el incendio que se genera nos terminamos quemando todos.
