Por Heber Sirerol Salinas*
La economía argentina transita una etapa que no admite lecturas binarias.
Los datos del sistema financiero muestran una señal clara de alerta. La morosidad de los créditos a hogares alcanzó el nivel más alto de los últimos quince años, según registros del Banco Central difundidos por el Buenos Aires Herald. El incumplimiento en tarjetas de crédito y préstamos personales revela algo más profundo que una mala racha: expone el deterioro del ingreso real y el uso del crédito ya no para proyectar, sino para sobrevivir .
En paralelo, informes de Chequeado muestran que la deuda con tarjetas de crédito creció más de un 50% en términos reales en el último año y que cerca de una cuarta parte de la población adulta mantiene algún tipo de deuda activa. El crédito dejó de ser una herramienta financiera para convertirse en un paliativo frente a la pérdida de poder adquisitivo .Este fenómeno no se limita al ámbito privado. El Estado argentino reproduce una lógica similar.
Con vencimientos relevantes con el Fondo Monetario Internacional —Argentina continúa siendo el principal deudor del organismo— el Gobierno se ve obligado a refinanciar compromisos recurriendo a instrumentos de corto plazo y a tasas elevadas en el sistema financiero internacional .Incluso el Banco Central, según informó Reuters, avanzó recientemente en acuerdos de liquidez con bancos privados internacionales para reforzar reservas antes de pagos clave, una señal de la fragilidad del equilibrio macroeconómico actual .El paralelismo es inquietante: familias que refinancian deudas para llegar a fin de mes y un Estado que patea vencimientos para sostener estabilidad de corto plazo. En ambos casos, el problema no es solo el monto de la deuda, sino su función: sostener el presente a costa del futuro.A este cuadro se suma un dato clave: la percepción social. Distintos estudios y análisis coinciden en que alrededor del 60% de la población siente que su situación económica empeoró o, en el mejor de los casos, no mejora.
Esa sensación no es menor: condiciona el consumo, las expectativas y, finalmente, el clima político.La Argentina no está explotando, pero tampoco está resolviendo sus tensiones de fondo. Se mantiene en un equilibrio frágil, sostenido por crédito, paciencia social y expectativas postergadas. Cuando la lógica de supervivencia se vuelve común tanto en los hogares como en el Estado, el problema deja de ser coyuntural. Se vuelve estructural. Y esos procesos, cuando se rompen, rara vez avisan.
*Licenciado en Ciencia Política, para la consultora Sintonía Fina.

