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Milei pierde su único capital político: controlar la inflación

La estimación del gobierno en el presupuesto para todo 2026 era de 10,1% y eso ya se cumplió en los primeros 3 meses, que arrojan 9,4% acumulado. Con el índice del primer trimestre la Inflación proyectada para el 2026 supera el 50 por ciento. El gobierno tiró prácticamente todas las anclas posibles: la fiscal, la monetaria, la cambiaria y, como es propio de un gobierno de clase, la salarial. Sin embargo el número de la inflación de marzo ya corre, como le gusta calcular al Presidente, al 50 por ciento anual ((1+0,034)^{12}-1 ≈ 0,493 ≈ 49,3%).

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Frente a este grave resultado de una inflación persistente que ya suma 10 meses de aceleración, la respuesta de Javier Milei fue la de un autómata. Dijo que persistirá con todas las anclas y que se “atará al mástil del barco” para no ser seducido por los cantos de sirena que sugieren un cambio de rumbo. El detalle tácito es que en el barco navegan todos los argentinos, que el iceberg está cada vez más cerca y que, continuando con las metáforas náuticas, el rumbo es de colisión.

No es la primera vez en la historia local que se ensaya el fundamentalismo de mercado y, una vez más, con resultados similares: una estanflación. Las estadísticas del Indec muestran crecimiento, pero concentrado en enclaves exportadores, mientras el mercado interno se desploma. El problema es que los hacedores de política crean que la solución es hacer más de lo mismo. Nadie en el oficialismo parece hacerse la pregunta básica ¿Por qué las mismas políticas que no funcionaron hasta ahora comenzarían a funcionar a partir de mañana?

Una vez más los datos demostraron que la inflación no es “siempre y en todo lugar un fenómeno estrictamente monetario”. Y ello ocurre por más que el Presidente siga extendiendo el gap entre el cese presunto de la emisión y el freno definitivo en los precios. Un tópico del personaje Javier Milei siempre fue justificar sus afirmaciones a través de supuestas verdades emergentes de algún paper que solo él leyó. Ahora, según “el paper de un alumno de un amigo”, el gap habría saltado de un impreciso “de 18 a 24 meses” a un muy preciso 26 meses, lo que llevaría la meta, siempre según la medición presidencial que no se sabe bien donde pone el cero, al próximo agosto. Quedan al menos 4 meses para encontrar un nuevo paper. En el mientras tanto, la tarea prometida será la creativa “más motosierra sobre el gasto”.

Debe notarse que el combate al déficit es siempre por el lado del gasto, nunca de los ingresos. Recordar que los impuestos “son un robo”. Para colmo reaparece la dinámica del perro que se muerde la cola. El ajuste produce caída de la actividad y, en consecuencia, caída de la recaudación. Pero como además se eliminaron o bajaron impuestos que recaen sobe los más ricos –como cargas patronales, retenciones a las exportaciones y bienes suntuarios– la recaudación se retrae todavía más, lo que obliga a un ajuste más violento. Pero no hay que robarle a los más ricos, aunque a usted lector le sigan cobrando el mismo IVA sobre cada consumo o le poden la facturación con Ingresos Brutos. No hay que ser resentidos.

Como siempre, y como señala la teoría, la inflación sigue siendo un fenómeno de costos. Hasta el mismo Presidente lo reconoció implícitamente en su descripción de las causas del 3,4 por ciento oficial de marzo. Es evidente que las anclas del plan económico presuponen que algunos de los precios básicos, como dólar y salarios, están contenidos, y no solo contenidos, sino que tiran para atrás. Lo que se observa en los últimos meses, entonces, es la continuidad del ajuste de precios relativos, desde naftas y servicios privados a todos los servicios públicos. Pisar los precios de los servicios sin límite tiene costos, pero soltarlos también. Viene bien recordarlo para quienes acusaban de irresponsables a algunos gobiernos precedentes. Parece que a la economía local lo que le cuesta es encontrar el equilibrio.

Luego existe también un fenómeno matemático que se entrecruza con la lucha de clases. Si las productividades del capital y del trabajo no crecen y se mantiene la puja distributiva, para que baje la inflación alguien tiene que perder. Sin embargo, como los salarios bajan y los precios de muchos servicios, públicos y privados, crecen, ello significa que el capital se está apropiando de una mayor porción del ingreso que el trabajo y encima con una inflación sostenida, lo que supone una distribución regresiva todavía mayor que la que determina una productividad estancada. Siempre hay ganadores y perdedores.

El balance preliminar es que nada de lo que se anuncia parece indicar que la economía vaya en el camino prometido por el ministro de Economía, Luis Caputo. No vienen los mejores 18 meses del gobierno. Lo que viene es una inflación que no retrocederá en tanto comenzará a sentirse el efecto del aumento de los precios de la energía tras la guerra en Irán, más una nueva contracción de la actividad producto del refuerzo en la caída del gasto. Los efectos políticos de la baja implícita de los ingresos globales producto del desplome de la actividad interna siguen siendo impredecibles, en tanto la esperanza suscitada por el mileísmo en los sectores populares se encuentra, según todas las encuestas, en franca contracción. Siempre es azaroso predecir la trayectoria que seguirá la superposición del enojo con el desencanto.-

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