El gobierno de Javier Milei, en poco más de diez meses, ejecutó el ajuste más salvaje desde 2001. Los números no mienten: la inflación se redujo a fuerza de hambre, el déficit primario se cerró con motosierra sobre los sectores más débiles, y la deuda pública -lejos de reducirse- se transformó en una bomba de tiempo que el Estado patea hacia adelante. Se pagan intereses usureros con deuda nueva, mientras el crédito interno se seca, la industria se paraliza y la pobreza supera el 60 %. Los organismos internacionales celebran los resultados contables, pero omiten mirar el daño social que dejan sus fórmulas mágicas.
Lo curioso -y lo más peligroso- es que el FMI no desconoce los riesgos. Georgieva admitió que el éxito dependerá de que la sociedad acompañe. En otras palabras, sabe que el modelo es políticamente inviable si la gente reacciona. Por eso apela al ejemplo de Europa del Este, donde los líderes que recortaron salarios y pensiones en 40 o 50 %, lograron mantenerse en el poder. Lo que no dice es cómo lo hicieron. Algunos lo lograron con aparatos mediáticos y represión encubierta; otros con una dosis de miedo social y resignación. Y todos con un costo humano gigantesco, medido en desempleo, depresión y desconfianza en la política, y sobre todo en la democracia.
Europa, que alguna vez fue el espejo moral de Occidente, ya pagó ese precio. Grecia fue el laboratorio más brutal del ajuste con tres rescates, una década perdida, jubilaciones pulverizadas, jóvenes emigrando, hospitales cerrados. Los griegos votaron “no” a la austeridad, y aun así el gobierno terminó aplicándola bajo el chantaje de los acreedores. Hoy, el FMI la pone como ejemplo. España y Portugal siguieron caminos parecidos: con recortes, protestas, desempleo récord y una generación entera marcada por la precariedad social. Irlanda, convertida en emblema del “milagro neoliberal”, tuvo que rescatar a sus bancos a costa de sus ciudadanos, mientras el movimiento anti-austeridad llenaba las calles.
Todos esos países descubrieron lo mismo, que los ajustes no curan, solamente anestesian. Reducen la fiebre pero matan al enfermo. Y cuando el paciente intenta levantarse, ya no hay hospital que lo reciba. Lo que la tecnocracia llama “disciplina fiscal” suele traducirse en servicios públicos desmantelados, educación degradada, salud inaccesible y un Estado que abdica de su rol social, lo que ya se puede ver en nuestro país y es aún más doloroso en el interior. Los números cierran cuando la gente deja de comer y comienza a morir.
En Argentina, la historia vuelve a repetirse con un tono tragicómico. Milei y su gabinete (también circense) de adoradores del mercado hablan de libertad mientras hipotecan el país al Fondo, transformando la deuda en una nueva forma de sometimiento colonial. El superávit fiscal es una ficción construida sobre el sufrimiento de millones. Se dejan de pagar medicamentos oncológicos, se eliminan becas, se paralizan obras públicas y se desfinancian universidades. Todo para exhibir una planilla de Excel prolija ante los burócratas de Washington.
Mientras tanto, la deuda externa crece y según estimaciones del propio Ministerio de Economía, el stock total supera los 460 mil millones de dólares. Y cada dólar que se paga en intereses es un dólar menos en hospitales, escuelas o jubilaciones. La motosierra de Milei solamente corta derechos.
Lo que no se dice -y que Georgieva insinúa con cinismo- es que ningún país sobrevive mucho tiempo a un ajuste sin alma. En Europa, la factura política fue devastadora con gobiernos derrocados, partidos tradicionales destruidos, extremismos en ascenso y una guerra civil que tomó las calles. La gente acompañó… hasta que se cansó. La pregunta es cuánto tardará en suceder lo mismo aquí. Porque ningún experimento económico soporta indefinidamente la realidad: el hambre no tiene ideología.
Argentina ya conoce este camino. Lo recorrió con Martínez de Hoz, con Cavallo, con Macri. Hoy lo repite con Milei, un discípulo tardío de las recetas que hundieron a medio continente. Y mientras el FMI aplaude los “avances”, los comedores populares colapsan, los salarios se licúan, los jóvenes vuelven a emigrar y nuestros viejos a mendigar. No hay épica en esta pobreza planificada, ni libertad en una sociedad que sólo puede elegir entre sobrevivir o rendirse.
Europa aprendió, con lágrimas, que la austeridad no genera prosperidad, pero sí rencor. Tal vez a nosotros nos falte aún atravesar la misma lección. Pero cuando Georgieva dice que “el éxito depende de que la gente acompañe”, en realidad confiesa algo más profundo: que el plan puede fracasar. Porque ningún pueblo acompaña eternamente su propio sacrificio.

