Por Víctor Bazán
En cualquier sociedad sana, eso sería suficiente para unirnos en un abrazo colectivo. Pero la nuestra parece incapaz de celebrar sin antes someter el milagro a un juicio ideológico.
En redes sociales, una parte de la población decidió leer esta historia como una jugada política. Otros la vieron simplemente como el triunfo de la vida sobre la muerte. Entre la alegría y la sospecha, entre el gol y el offside inventado, quedó la sensación de que ya ni siquiera una buena noticia puede sobrevivir a la polarización.
Si esto fuera un partido de fútbol, diríamos que estábamos en el segundo tiempo suplementario, empatando cero a cero, y de pronto apareció la oportunidad de gritar un gol. Algunos lo celebraron con el alma. Otros, en cambio, buscaron el VAR de las redes para anularlo. ¿Está mal celebrar cuando la vida gana? ¿O estamos tan desgastados que ya no sabemos cómo hacerlo?
La verdad es que este caso encendió fusibles emocionales y políticos. Para muchos, especialmente quienes ven en el Estado una máquina a la que siempre hay que encontrarle fallas para catalogarla de ineficiente —aunque no lo sea—, la historia se convirtió en excusa para reafirmar su bronca y volcar mensajes violentos de odio desde la comodidad de sus casas, con teléfono en mano y la certeza de creerse todólogos para opinar de todo sin saber nada, solo para odiar a un hombre que se perdió en la montaña. El milagro quedó atrapado en la misma grieta que todo lo demás.
Pero más allá del ruido, está él: un hombre que, al ser rescatado, con la voz quebrada, dijo: “Perdón, me mandé una macana y gracias por salvarme”. Un hombre que sobrevivió al frío, a la soledad y al miedo… y que aún así pidió no ser bajado en camilla, quizás porque sentía que no merecía tanto esfuerzo. Mostrando vestigios de dignidad ante la inmensidad de la montaña, que solo él sabe lo que significa. ¿Cómo no ver allí un retrato de humildad y culpa, ese peso invisible que muchos cargan sin que nadie lo note?
Ojalá José no abra las redes por un tiempo. Ojalá pueda sentir, por encima del odio y la crueldad que circulan, la fuerza de quienes lo buscaron día y noche. Policías, baqueanos, voluntarios, brigadistas: más de 200 personas que no preguntaron a quién votaba, sino dónde estaba. Que no midieron costos ni réditos políticos, sino que salieron por puro amor al prójimo.
Por eso, más allá de las opiniones, lo que queda es una certeza: la solidaridad y la empatía siguen siendo el mejor refugio. La certeza de saber que alguien, en algún lugar, saldrá a buscarte si te perdés. Que todavía hay gestos de humanidad que no necesitan likes.
José, estamos felices de que estés vivo. La montaña te puso a prueba y ganaste. El frío físico fue terrible, pero ojalá nunca tengas que enfrentar el frío social de una comunidad que olvida agradecer. Que tu nombre recorra senderos, maratones y circuitos como símbolo de resistencia.
Ojalá el odio se pierda en la montaña. Porque esta, con todo lo que dolió y costó, es una buena noticia. Y sería triste que no sepamos cómo celebrarla.

