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En el tercer trimestre de 2025, el 27,4 por ciento de los hogares tuvo que pedir dinero a familiares, amigos, financieras para cubrir sus gastos habituales

El ajuste sobre los ingresos de los hogares no termina cuando se recortan consumos o se postergan compras. Para una parte de las familias, el presupuesto dejó de alcanzar y fue necesario recurrir a dinero prestado para sostener los gastos de todos los días. En el tercer trimestre de 2025, el 27,4 por ciento de los hogares de los aglomerados urbanos relevados por la Encuesta de la Deuda Social Argentina (EDSA-UCA) tuvo que pedir dinero a familiares, amigos, financieras u otras fuentes para cubrir sus gastos habituales, según un informe elaborado por el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina.

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Un informe de la UCA reveló que el 27,4% de los hogares urbanos recurrió a préstamos para cubrir gastos habituales. La proporción trepó al 55,8% entre los hogares pobres que además declararon estrés económico.

Cómo se analizó en este medio, se trata de endeudamiento que suele quedar fuera de las estadísticas sobre préstamos bancarios y morosidad, porque registra el momento en que los ingresos corrientes ya no alcanzan y el hogar necesita adelantar recursos futuros o recurrir a terceros para completar el presupuesto. No se trata necesariamente de familias que tomaron deuda para comprar una vivienda, un vehículo o un electrodoméstico, sino de hogares que debieron buscar dinero para sostener el consumo cotidiano.

La proporción prácticamente se duplicó entre los hogares pobres. En ese universo, el 44,4 por ciento declaró haber pedido dinero prestado para afrontar gastos habituales, frente al 22,4 por ciento de los hogares que no eran pobres. La diferencia fue de 22 puntos porcentuales y muestra que la necesidad de recurrir al crédito o a préstamos informales se concentra con mayor intensidad allí donde los ingresos tienen menor capacidad para absorber aumentos de precios, gastos extraordinarios o una caída de los recursos disponibles.

El escenario se vuelve todavía más marcado cuando se incorpora el estrés económico, definido por la EDSA como la percepción de que los ingresos del hogar no alcanzan para cubrir las necesidades básicas. Entre quienes declararon esa situación, el 49,2 por ciento tuvo que pedir dinero prestado, mientras que entre los hogares sin estrés económico la proporción fue de 13,3 por ciento. La brecha alcanzó 35,9 puntos porcentuales y significa que la incidencia fue 3,7 veces mayor entre quienes ya reconocían que sus ingresos no eran suficientes.

Los datos fueron relevados durante el tercer trimestre de 2025, pero el informe publicado en septiembre de 2026 permite reconstruir una parte del mecanismo que atraviesa a los hogares cuando el ingreso deja de ser suficiente para sostener el nivel de gastos. Antes de que aparezca la mora en una tarjeta o el atraso en el pago de un préstamo bancario, existe una etapa menos visible en la que las familias buscan recursos adicionales para evitar que el presupuesto mensual se cierre en rojo.

El préstamo como extensión del ingreso

El punto central del informe no está en determinar cuántas familias tienen deuda, sino en identificar para qué necesitan endeudarse. La pregunta utilizada por la EDSA fue si durante el último mes alguna persona del hogar tuvo que pedir dinero prestado «para cubrir los gastos habituales». Esa precisión cambia la lectura del dato, porque no se está midiendo un crédito destinado a financiar una inversión o la adquisición de un bien durable, sino una herramienta utilizada para sostener el consumo corriente.

Cuando una familia toma deuda para comprar una vivienda puede estar incorporando un activo y distribuyendo su pago durante varios años. Cuando pide dinero para cubrir los gastos habituales, en cambio, el préstamo permite cerrar una diferencia entre los ingresos del mes y las necesidades de ese mismo período, pero no resuelve el desbalance que volverá a presentarse en el siguiente ingreso.

El informe de Agustín Salvia e Iñaki González advierte precisamente sobre esta diferencia al señalar que «el problema no es el acceso al crédito en sí mismo, que puede ampliar oportunidades, sino su uso defensivo en hogares sin margen financiero y bajo condiciones costosas». La definición resulta relevante para una economía en la que el acceso al financiamiento comenzó a ocupar un lugar central en el discurso oficial, especialmente a través de la expansión del crédito bancario y de las líneas de préstamos para consumo y vivienda.

El problema que surge de los datos de la UCA es que una parte importante de los hogares no parece estar recurriendo al financiamiento para ampliar sus posibilidades económicas, sino para compensar la insuficiencia de los ingresos actuales. En ese caso, el crédito funciona como un puente entre dos ingresos mensuales, pero la deuda generada queda del lado del presupuesto futuro.

La situación se vuelve más delicada cuanto menor es el margen que tiene el hogar para afrontar una nueva obligación. Una familia de ingresos bajos que ya utiliza parte de sus recursos para pagar una deuda tiene menos capacidad para absorber una nueva suba de sus gastos, una reducción de sus ingresos o una emergencia. El riesgo no aparece solamente cuando deja de pagar, sino antes, cuando cada nuevo préstamo comienza a reducir el ingreso disponible de los meses siguientes.

La mitad pidió dinero

La diferencia por nivel socioeconómico refuerza esa lectura. La proporción de hogares que pidieron dinero prestado para cubrir gastos habituales fue de 11,8 por ciento en el estrato medio-alto, subió a 23,2 por ciento en el medio-bajo, alcanzó 32,5 por ciento en el bajo y llegó a 47,5 por ciento en el muy bajo. Entre los extremos de la estructura social existe una diferencia de 35,7 puntos porcentuales y una incidencia cuatro veces mayor en el estrato muy bajo. En términos concretos, prácticamente uno de cada dos hogares de ese sector tuvo que recurrir a dinero prestado para afrontar los gastos habituales durante el período relevado.

La pobreza, sin embargo, no explica por sí sola todo el fenómeno. El estrés económico introduce una segunda dimensión que permite observar qué ocurre dentro de cada grupo social. Entre los hogares no pobres, el recurso al préstamo pasó de 12,7 por ciento cuando no había estrés económico a 44,7 por ciento cuando sí estaba presente. Entre los hogares pobres, pasó de 17,7 por ciento a 55,8 por ciento.

El máximo registrado por el estudio corresponde precisamente a los hogares que combinaban ambas situaciones: pobreza y estrés económico. Allí, el 55,8 por ciento tuvo que pedir dinero para cubrir gastos habituales. Más de la mitad de esos hogares necesitó recurrir a una fuente externa de financiamiento para sostener la economía cotidiana Entre los hogares sin estrés, el recurso al préstamo pasó de 7,2 por ciento en el estrato medio-alto a 30,1 por ciento en el muy bajo. Entre los hogares con estrés, pasó de 39,7 por ciento a 55,4 por ciento.

La necesidad de pedir dinero también presenta diferencias según el área urbana. El resto urbano registró la mayor incidencia general, con 30,6 por ciento, seguido por el conurbano bonaerense, con 29,7 por ciento, y las otras grandes áreas metropolitanas, con 26,5 por ciento. En la Ciudad de Buenos Aires, en cambio, la proporción fue de 12,8 por ciento.

Las diferencias se profundizan cuando se observa exclusivamente a los hogares con estrés económico. En el resto urbano, el indicador llegó a 56,8 por ciento, mientras que todos los grupos territoriales presentaron niveles elevados cuando los ingresos eran percibidos como insuficientes.to del presente a cambio de comprometer recursos del futuro. Cuanto menor sea el ingreso disponible y mayor sea la presión sobre el presupuesto, más difícil será romper ese mecanismo sin una mejora efectiva de la capacidad de compra.

La principal advertencia que surge del informe no está, entonces, en cuántos hogares tienen una deuda, sino en cuántos necesitan contraerla para poder atravesar el mes. El 27,4 por ciento del total relevado por la EDSA muestra la dimensión general del fenómeno, mientras que los porcentajes registrados entre los sectores pobres y de menores recursos exponen dónde se concentra con mayor fuerza la necesidad de financiar la vida cotidiana.

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