En la primera semana de septiembre la consultora Proyección tomó una fotografía que combina dos imágenes a priori difíciles de conciliar. El 63,3% de los argentinos sostiene que el país atraviesa una crisis económica, no una etapa pasajera de dificultades. Sin embargo, en un hipotético balotaje entre Javier Milei y Axel Kicillof la diferencia es de apenas seis décimas: 40,8% contra 40,2%. La encuesta -con un margen de error del 2,66% y un nivel de confianza del 95%, que El Destape presenta en exclusiva-, describe un país donde el deterioro económico convive con una oferta política incapaz de traducir ese malestar en un desplazamiento electoral nítido.
Consultados de modo directo, más de seis de cada diez argentinos (63,3%) califican la situación económica del país como una crisis, mientras un 27,1% adicional admite «dificultades» sin llegar a esa palabra y solo el 9,6% la describe como normal o estable. El diagnóstico atraviesa a casi toda la sociedad, más allá de las simpatías partidarias. Interrogados sobre los temas que más preocupan, con posibilidad de marcar hasta tres opciones, el 53% eligió «los bajos ingresos personales o familiares», muy por delante de la corrupción política (35,7%), la inseguridad (34,9%), el desempleo (27,9%) y la inflación (27,1%). Ese orden de prioridades define la agenda real, la que se discute en las mesas familiares, y deja en un lugar secundario preocupaciones que supieron ser centrales en otros ciclos, como la salud (11,2%) o la educación (15,1%).

La percepción sobre quién es responsable de ese cuadro complica al oficialismo: el 51,4% responsabiliza al gobierno actual, contra el 31,9% que todavía señala a la gestión anterior. Según esos datos, con el correr de los meses de gestión libertaria la sociedad deja de mirar hacia atrás para explicar sus penurias y empieza a observar el presente con otra vara.
Bolsillos sin tregua
El indicador más contundente del estudio es la evolución de la situación económica familiar. El 70,1% de los encuestados considera que su economía doméstica empeoró o se mantuvo igual de mal en los últimos meses, un guarismo que se sostiene sin sobresaltos por encima del 68% desde diciembre. Proyectada hacia adelante, la desazón no cede: un 61% cree que su situación familiar será igual de mala o peor dentro de seis meses, y un 63,1% sostiene lo mismo respecto de la economía de los argentinos en su conjunto.
Ese deterioro tiene como correlato el crédito de subsistencia. Durante septiembre, el 61,7% de los hogares tuvo que recurrir a alguna forma de endeudamiento para cubrir gastos corrientes: el 19,1% pidió dinero a familiares o amigos, el 11,1% usó la tarjeta pagando el mínimo o en cuotas, el 10,9% recurrió a préstamos de Mercado Pago y el 10,7% acudió a una entidad financiera. Apenas el 38,3% logró llegar a fin de mes sin pedir nada prestado, contra el 42,9% que podía hacerlo en febrero. La brecha entre lo que gana un hogar y lo que necesita para sostenerse se financia, cada vez más, con deuda de consumo. Ese dato explica mejor que cualquier otro la sensación de asfixia que atraviesa el resto del estudio.

El Índice de Perspectiva Económica (IPE), que combina la evaluación del pasado reciente con las expectativas futuras, confirma la tendencia: pasó de 2,28 puntos en diciembre a 2,07 en septiembre, siempre dentro de la zona de «estancamiento» (entre 1,96 y 2,24 puntos) y cada vez más cerca del umbral del pesimismo. Los votantes de La Libertad Avanza son la excepción: su IPE trepa a 2,84 puntos, en zona de franco optimismo, mientras entre los votantes de Fuerza Patria se hunde a 1,31, en pesimismo profundo. La distancia entre ambos anticipa el escenario de polarización que regirá el proceso electoral.

Una deriva que todavía no es naufragio
La evaluación de la gestión de Javier Milei retrocede de forma sostenida. El 52,6% califica el trabajo del gobierno como malo o muy malo, contra un 42% que lo sostiene como bueno o muy bueno. En mayo esa desaprobación había tocado un pico de 58,5%, bajó en los meses siguientes y volvió a subir en septiembre. La misma tendencia se repite al indagar sobre el impacto cotidiano de las políticas oficiales: el 60,2% dice haber sufrido un efecto negativo en su vida personal y apenas el 33,5% reconoce un saldo positivo.
El Índice de Confianza Pública (ICP), que Proyección Consultores construye a partir de cuatro dimensiones (imagen general del gobierno, impacto personal, capacidad de gestión y rumbo del país), tocó su piso en mayo con 1,88 puntos, ya en zona de desconfianza, y desde entonces oscila apenas por encima de esa frontera: 2,06 puntos en septiembre. La mitad de los segmentos sociales relevados vive hoy en zona de desconfianza abierta: las mujeres (1,91), los adultos de entre 35 y 54 años (2,02), los habitantes del AMBA (1,79), los hogares vulnerables (1,61) y, de forma extrema, los votantes de Fuerza Patria (1,20). Del otro lado, los trabajadores independientes (2,58) y los votantes libertarios (3,07) sostienen una confianza que roza el optimismo.
Pese a ese desgaste, la capacidad del gobierno de retener apoyo no colapsa. Un 40,7% todavía cree que el oficialismo tiene mayor capacidad que la oposición para mejorar la economía, contra un 29,2% que confía más en algún referente opositor, mientras un tercio no sabe qué responder. Esa indefinición, más que una convicción sólida, es hoy el verdadero sostén del gobierno.

El voto por descarte
Uno de los hallazgos más elocuentes del estudio tiene que ver con la lógica que empieza a ordenar la decisión electoral. Ante la afirmación «podría votar a un candidato que no me guste para que no vuelva el peronismo», el 35,7% se declara de acuerdo. Ante la afirmación espejo, «podría votar a un candidato que no me guste para que no continúe Milei como presidente», el acuerdo trepa al 40,5%. Son porcentajes que muestran que buena parte del electorado no vota por convicción hacia un proyecto: vota para bloquear a quien percibe como amenaza. Esa mecánica, más que ninguna otra variable, explica el empate técnico en el escenario de ballotage: Milei 40,8%, Kicillof 40,2%, con un 13,4% en blanco y un 5,6% que todavía no define su voto.
En el escenario legislativo -clave para el Bloque de Poder que pretende blindar el rumbo, con o sin Milei- la lectura es similar. La Libertad Avanza encabeza la intención de voto con el 35%, seguida de cerca por Fuerza Patria con el 31,9%, mientras el resto del arco político queda relegado a porcentajes marginales: el PRO apenas roza el 5,6%, el Frente de Izquierda el 5,5% y Provincias Unidas, el espacio de los gobernadores dialoguistas, no supera el 3,5%. Un 18,5% adicional dice que votaría en blanco o impugnaría su voto. La polarización entre los dos bloques mayores deja fuera de la disputa real a cualquier tercera vía, y el 42,1% que se ubica, en el plano ideológico, en «ninguna de las anteriores», por encima de quienes se reconocen de izquierda, centro o derecha, confirma que gran parte de la sociedad no encuentra representación en las etiquetas tradicionales.

Cuestión de imagen
En el terreno de la imagen personal, Javier Milei encabeza el ranking de intensidad, aunque con un costo alto: 39,3% de imagen positiva contra 57,1% de negativa, con apenas un 2,9% que dice no saber qué opinar de él, señal de que casi nadie queda indiferente frente a su figura. Axel Kicillof lo sigue de cerca en el terreno opositor, con 36,9% de imagen positiva y 51,7% de negativa. Patricia Bullrich mantiene una imagen más pareja que el resto (42,7% positiva, 47,9% negativa), mientras Sergio Massa y Máximo Kirchner cargan con los niveles de rechazo más altos del tablero, en torno al 58%.

Cuando se pregunta qué atributos debería reunir un presidente ideal, la sociedad prioriza la «visión de futuro o proyecto de país» (54,6%), la «capacidad para resolver problemas» (50,8%) y la «honestidad o transparencia» (50,2%), muy por encima de la «actitud y firmeza» (23,4%). El cruce entre esos atributos y los dirigentes mejor asociados a cada uno vuelve a ubicar a Milei en el primer lugar en casi todos los rubros: 37,9% en visión, 37,6% en capacidad, 35% en honestidad, con Kicillof como principal competidor y único dirigente que lo supera en empatía (32,2% contra 24,6%). El Índice de Posicionamiento Dinámico, que combina esas seis variables en dos dimensiones, una técnica y otra relacional, confirma el mapa: Milei y Kicillof ocupan el cuadrante superior, lejos del resto de la dirigencia, con Bullrich como tercera figura a cierta distancia y un pelotón de referentes, entre ellos Bregman, Grabois, Macri y Massa, disputando un espacio de relevancia menor.
Un balance que no cierra
El retrato que deja el estudio de Proyección Consultores – realizado en base a 1354 casos efectivos consultados a nivel nacional- precisa el estado de situación en el inicio del año calendario electoral. El Gobierno gobierna sobre una sociedad que en su enorme mayoría vive peor que hace un año, pide dinero prestado para llegar a fin de mes y considera, en dos tercios de los casos, que el país está en crisis. La oposición, mientras tanto, no logra convertir ese malestar en una ventaja electoral clara ni en una imagen de recambio confiable: ningún dirigente no libertario supera el 37% de imagen positiva y varios cargan rechazos superiores al 55%. Lo que queda es una sociedad que elige por descarte, en una grieta que dejó de discutir proyectos de país para dedicarse, casi en exclusiva, a administrar rechazos cruzados.

