Por Heber Sirerol – Politólogo
La filósofa Martha Nussbaum sostiene que las emociones no son irracionales, sino juicios de valor sobre aquello que consideramos importante para nuestra vida. Cuando el pueblo vota con el corazón, no lo hace porque carezca de razón, sino porque expresa una forma de entender su destino.
Chantal Mouffe, desde su visión de la política agonista, agrega que toda democracia real se nutre del conflicto y de la pasión, no de la neutralidad tecnocrática.
Antonio Damasio, por su parte, demostró que sin emoción no hay decisión: los seres humanos necesitamos sentir para elegir.
En la política argentina, esta dimensión emocional del voto se ha vuelto decisiva. Las grandes disputas electorales ya no se resuelven en el terreno de las ideologías, sino en la capacidad de conectar con los sentimientos colectivos: la esperanza, la bronca, el orgullo o la decepción. El peronismo, históricamente, entendió este pulso popular. Supo traducir las necesidades del pueblo en una narrativa de justicia social y dignidad colectiva. Pero en tiempos de crisis económica y fragmentación social, ese vínculo se vuelve más frágil, más sensible al humor del momento.
El politólogo Pablo Salinas, en un reciente análisis publicado por Radio Sudamericana, refuerza esta idea al afirmar que el voto argentino actual es más emocional que ideológico. Según Salinas, la ciudadanía atraviesa una ‘fatiga democrática’, un desgaste que nace de la distancia entre lo que se promete y lo que realmente se cumple. El votante, dice, elige menos desde la historia partidaria y más desde las expectativas de futuro. No vota tanto por identidad como por sensación de esperanza o decepción. Las encuestas fallan —advierte— porque intentan medir razones, cuando deberían captar emociones. Este enfoque resulta clave para entender por qué los discursos técnicos o racionales pierden fuerza frente a los relatos que tocan fibras emocionales.
En la provincia de La Rioja, ese fenómeno se empieza a expresar con nitidez. Las decisiones electorales recientes no pueden analizarse solo desde la gestión o la economía, sino desde la percepción de cercanía, empatía y pertenencia. Cuando el pueblo siente que un dirigente comparte su destino, que no lo observa desde arriba, sino que lo acompaña, la técnica cede ante la emoción. Pero cuando ese lazo se rompe, el voto se vuelve castigo, más por desilusión que por ideología. Y ahí radica la advertencia de Salinas: en las sociedades emocionales, la representación política se define por la capacidad de generar confianza afectiva.
La oposición argentina enfrenta un desafío enorme: volver a comprender la trama emocional del pueblo. No se trata de fabricar empatía en un laboratorio de marketing, sino de reconstruirla en el territorio, con presencia real y palabra cumplida. La política no se gana con planillas de Excel, sino con la capacidad de representar el dolor y la esperanza de las mayorías.
Las sociedades emocionales exigen dirigentes sensibles, no fríos; comprometidos, no calculadores. Si la razón se ha vuelto instrumento de las emociones, el peronismo tiene una ventaja histórica: nació del corazón del pueblo. El desafío, entonces, no es solo adaptarse a esta era emocional, sino buscar la mejor forma de representar a la Argentina actual que siente y también piensa. La crisis de las instituciones y los partidos político que cada vez tienen una representación más difusa, más emocional y menos ideológica, deberán no solo llegar a identificar de mejor manera las emociones para conectar con el votante, sino el desafío aún mayor es mantener esa conexión.

