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Nuevo informe del Observatorio de la Deuda Social de la UCA

Un nuevo informe del Observatorio de la Deuda Social de la UCA confirma lo que se ve todos los días en las calles, comedores y escuelas: más de 4 millones de niñas y niños en Argentina no tienen garantizada una alimentación digna. El dato sacude, pero no sorprende. La inseguridad alimentaria infantil alcanza al 35,5% de la población menor de edad.

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Del comedor a la cama sin cenar
Según la investigadora Ianina Tuñón, los hogares más afectados son aquellos con trabajos informales, jefas de hogar solas o con ingresos precarios. “La cena es la comida más omitida. Muchos chicos se van a dormir con hambre”, afirmó en diálogo con Radio Mitre.

“Primero dejan de comer las madres, luego los padres, y por último, los niños”, explicó Tuñón.
En otras palabras, la pobreza se mastica en silencio, y se transmite por turnos.

Un país con hambre estructural
El informe revela que la situación de inseguridad alimentaria nunca bajó del 20% en los últimos 14 años. En 2020, durante la pandemia, alcanzó su pico con el 37%. En 2024, vuelve a acercarse peligrosamente a ese nivel con el 35,5%.

Pero lo más alarmante es que el 15% de esos chicos atraviesan hambre severa. No se trata solo de falta de nutrientes o dietas pobres: se trata de niños que no comen todos los días.

La escuela como último bastión
Uno de los pocos factores que amortiguan esta tragedia es la escuela. “El que va a la escuela come”, dijo Tuñón. Aunque el sistema de alimentación escolar está lejos de ser ejemplar, sigue siendo la única fuente estable de comida para millones de estudiantes.

Pero ni eso alcanza. Según la UCA, los comedores escolares no respetan las guías alimentarias, carecen de productos frescos, y en muchos casos, entregan raciones con alto contenido en carbohidratos y grasas, pero bajos en nutrientes.

¿Qué rol juega el Estado?
El informe señala que las políticas de asistencia como la AUH o la Tarjeta Alimentar ayudaron a reducir el impacto de la inflación, pero son claramente insuficientes. La inflación acumulada, el ajuste fiscal y la licuación de ingresos impactan directamente en los platos de los más vulnerables.

“La única estructura capaz de enfrentar este problema a escala es el Estado”, sostuvo Tuñón. “Las ONG ayudan, pero no pueden llegar a 4 millones de niños”.

Cuando comer se convierte en privilegio
La alimentación se ha convertido en un indicador brutal de clase. Mientras algunos niños desayunan cereales importados, otros almuerzan una vez al día y nada más. Para muchos, comer es una actividad ocasional. Para otros, un lujo.

La pobreza infantil no se mide solo en estadísticas, sino en estómagos vacíos, cuerpos frágiles y mentes que no pueden concentrarse en clase porque no comieron.

Lo peor: el hambre se concentra en las grandes ciudades
El Gran Buenos Aires es la zona más crítica, pero el drama se repite en Tucumán, Rosario, Córdoba y Mendoza. El mapa del hambre no distingue provincias, solo apunta a los más vulnerables.

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Un futuro hipotecado

La desnutrición en la infancia genera daños irreversibles: menor desarrollo cognitivo, más enfermedades, peor desempeño escolar y, en consecuencia, menores oportunidades de romper el ciclo de la pobreza. Lo que se omite hoy en la cena, se paga mañana con más exclusión.

Argentina no está frente a una crisis alimentaria. Argentina vive en crisis alimentaria.

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