Esta conmemoración de los 50 años del golpe nos sorprende en uno de los peores momentos desde la recuperación de la democracia, solo comparable a lo sucedido en los 90 en el contexto del indulto decretado por el entonces presidente, Carlos Menem.
Nuevamente, triunfa en el discurso de época el negacionismo o el reciclado “Algo habrán hecho”, aquella desgraciada sentencia utilizada por quienes justificaron que las personas desaparecían de sus domicilios, de sus lugares de trabajo o de la vía pública sin dejar rastros. Además, entre otras atrocidades que cometió la dictadura: instaló centros clandestinos de detención, torturó, secuestró y se apropió de bebés, robó (se alzaban con los bienes de quienes asesinaban) y coartó todo tipo de libertades. Vale paradoja: aquellos que se dicen defensores de la libertad (por algo se denominan libertarios) reivindican un gobierno de facto que cercenó todo tipo de libertades.
Claro que, para que esto ocurriera en el país, existió, un contexto internacional que colaboró, aunque nunca justificó semejante aberracióna. Toda Latinoamérica, medio siglo atrás, se encontraba atravesada por la consolidación de dictaduras alineadas con la Doctrina de la Seguridad Nacional de Estados Unidos, con el fin de “combatir el comunismo”. En esa coyuntura surgió la implementación sistemática del Plan Cóndor, una red de coordinación represiva transnacional creada en noviembre de 1975 por todas las dictaduras del Cono Sur para perseguir, secuestrar, torturar y asesinar a opositores políticos de toda la región.
Como sea, salvando las enormes distancias, haciendo honor a aquella teoría del “eterno retorno”, varias de las coordenadas de aquella época parecen volver, con la diferencia de que el contexto real es completamente disímil. Otra vez se impone una narrativa que descalifica a toda ideología cercana a la izquierda, con líderes que vociferan en contra de un inexistente comunismo. Es común escuchar al propio presidente de la Nación, Javier Milei, utilizar la palabra comunista como un adjetivo calificativo peyorativo; de la misma manera describe a todo aquel que opine de manera diferente a él como “zurdo de mierda”. En ese sentido, vale aclarar que en los 70 había un cierto avance del bloque comunista sobre los países latinoamericanos utilizando como punto de lanza a la revolución cubana. Hoy nada queda de aquel bloque con ideología marxista. Sin embargo, al confundir las categoría, se califica de zurdos o comunistas a aquellos que abrazaron las ideas de lo que algunos autores denominan neoliberalismo progresista, un modelo muy lejano a las directrices marxistas y que se caracteriza por lo que algunos denominan el wokismo. La cultura woke está más preocupada por la lucha identitaria que por la igualdad social o la construcción de “una sociedad sin clases sociales”.
La performance más paradójica que se vivió en el contexto de este 50 aniversario fue la participación de la ahora senadora libertaria Patricia Bullrich, quien fue la voz del bloque oficialista que decidió no acompañar el proyecto por la Memoria, la Verdad y la Justicia que se votó en la Cámara Alta. “La historia es completa o no es”, dijo, al reflotar la teoría de los dos demonios, aquella teoría que intenta poner en igualdad de responsabilidades a las organizaciones guerrilleras y al aparato represivo del Estado que detuvo ilegalmente, torturó, asesinó y desapareció a opositores.
De hecho, el oficialismo intentó imponer un pronunciamiento que no mencionaba el concepto “Memoria, Verdad y Justicia”, no hacía referencia al “terrorismo de Estado” ni solicitaba la “continuidad de los juicios por delitos de lesa humanidad”. Lo paradójico es que quien fue la voz cantante de dicha posición fue justamente Patricia Bullrich, la misma que el propio Milei en la campaña presidencial del 2023 calificó “como una montonera tira bombas”. Es más, la acusó de haber puesto explosivos en jardines de infantes. Como sea, la conversa Bullrich alguna vez aceptó que en los 70 formó parte de la Juventud Peronista, movimiento que reivindicaba a Montoneros.

