En política, hay episodios que trascienden el hecho puntual que los origina y revelan relaciones de poder más profundas. El ataque dirigido contra Ricardo Quintela luego de que expusiera con crudeza la situación social y económica del país produjo precisamente ese efecto: dejó al descubierto, con una claridad difícil de negar, que su figura se ha convertido en uno de los principales factores de cohesión y activación del peronismo.
La reacción judicial impulsada por el fiscal Stornelli, lejos de circunscribirse a una discusión jurídica, expuso una dinámica política más amplia: el intento de disciplinar mediante la judicialización a quienes describen una realidad en crisis que el oficialismo nacional busca relativizar o negar. En ese contexto, la denuncia operó como un mensaje de silenciamiento. Pero el efecto fue inverso. No aisló a Quintela: lo proyectó.
Lo ocurrido mostró dos dimensiones simultáneas de su liderazgo. Hacia afuera de la provincia, Quintela quedó situado con mayor nitidez entre los dirigentes que el peronismo reconoce dentro de su horizonte nacional. Hacia adentro, la reacción política reafirmó de manera categórica que su conducción en La Rioja permanece intacta. Que no pueda ser candidato a reelegirse no ha erosionado su centralidad: la ha consolidado. El liderazgo de Quintela no depende de una proyección electoral personal, sino de su capacidad efectiva de representación y conducción presente.
La secuencia fue elocuente. Ante el ataque, todo el arco peronista -dirigentes, intendentes, legisladores, funcionarios y militancia- se alineó en su defensa. Ese reflejo no fue sólo solidaridad política. Fue reconocimiento de conducción. Porque cuando un movimiento reacciona de manera orgánica ante la interpelación a uno de sus líderes, lo que está defendiendo no es sólo a la persona, sino al lugar político que esa persona ocupa en su estructura de representación.
Quedó así expuesta una verdad que el episodio volvió imposible de soslayar: Quintela es hoy el principal ordenador del peronismo riojano y una de las figuras que el peronismo nacional reconoce dentro de su mesa de referencia. El intento de afectarlo terminó produciendo el efecto contrario: cohesión vertical interna y proyección externa.
En el centro
Pero el alcance del episodio no se agota en el liderazgo. Revela también un rasgo del clima político actual. El oficialismo nacional ha instalado una lógica de confrontación basada en la deslegitimación emocional de la disidencia, donde la crítica es presentada como amenaza y la voz opositora como enemigo. Ese clima de hostilidad -ese odio político explícito hacia quienes expresan una mirada distinta- encontró en Quintela un destinatario visible. Y precisamente por eso, lo ubicó en el centro.
Ese desplazamiento al centro de la escena no fue casual. Quintela viene señalando desde hace tiempo la necesidad de que el peronismo recupere voz, presencia y capacidad de interpelación frente al deterioro social. El ataque que buscó acallarlo terminó validando ese planteo: cuando la disidencia es perseguida, la reacción identitaria se activa. Y eso fue lo que ocurrió. El peronismo se reconoció en la voz que se intentaba silenciar.
La reacción en cadena que se produjo mostró que Quintela posee hoy uno de los activos más escasos en la política contemporánea: capacidad de activar identidad colectiva. Su figura funciona como punto de encuentro entre pertenencia histórica y liderazgo actual. Cuando ese tipo de liderazgo es atacado, el movimiento no se dispersa: se ordena.
Ese ordenamiento tuvo además un efecto interno nítido. En un escenario donde comenzaban a insinuarse posicionamientos hacia el futuro político provincial, la respuesta política estableció un límite claro: el liderazgo vigente no está en discusión. Quintela conserva no sólo autoridad institucional, sino centralidad política efectiva. Y esa centralidad fue ratificada por todo el sistema peronista riojano.
Doble constatación
La denuncia que pretendía disciplinar dejó así una doble constatación. Primero, que Quintela es hoy uno de los dirigentes que el peronismo nacional reconoce en su horizonte estratégico. Segundo, que en La Rioja su liderazgo no sólo permanece intacto, sino reafirmado. Ambas dimensiones convergen en un mismo resultado: el peronismo se activó alrededor de su figura.
Ese es el dato político de fondo. El peronismo se movilizó porque percibió que el ataque a Quintela era, en términos simbólicos, un ataque a su propia representación. Y cuando un movimiento siente que su representación está en juego, responde cerrando filas. Eso fue lo que ocurrió.
En política, el liderazgo real se mide en la capacidad de ordenar en momentos de agresión. El episodio reciente demostró que Quintela posee esa capacidad. Ordena hacia adentro y proyecta hacia afuera. Conduce en la provincia y gravita en el plano nacional. Y en esa doble condición radica hoy su centralidad.
El peronismo se despertó.
Y lo hizo alrededor de Quintela.
Ese es el hecho político que dejó al descubierto el ataque.
