Por Heber Sirerol – Politólogo
Entender que la disputa política hoy es cultural no alcanza. El desafío para el peronismo es actualizar sus valores, lenguajes y herramientas para volver a representar el pensamiento colectivo de una sociedad que cambió.
Dar la batalla cultural no significa copiar estilos ajenos ni reducir la política a la provocación permanente. Tampoco implica evaluar si el adversario está en lo correcto o equivocado. Significa comprender que hoy se gobierna —y se aspira a gobernar— desde los valores, los relatos y los marcos culturales que organizan la percepción social de la realidad.
El peronismo nació como una identidad profundamente cultural. No fue solo un movimiento político, sino una forma de entender la comunidad, el trabajo, la movilidad social y la dignidad. Durante décadas, ese entramado simbólico ordenó expectativas colectivas y ofreció un horizonte de progreso compartido. El problema no es ese legado, sino haber supuesto que ese lenguaje era inmutable.
La Argentina de hoy es distinta. Más fragmentada, más individualizada, atravesada por la incertidumbre, la precariedad y la desconfianza. El trabajo ya no estructura la vida como antes, las identidades políticas son débiles y la pertenencia partidaria se diluye.
Pretender disputar la batalla cultural con las herramientas simbólicas del siglo pasado es resignarse a perderla.
El primer desafío es redefinir la justicia social en clave contemporánea. No como consigna repetida, sino como respuesta concreta a los miedos actuales: caer, quedar afuera, no tener futuro. Justicia social hoy es previsibilidad, oportunidades reales, movilidad posible y horizonte de desarrollo personal y colectivo.
El segundo desafío es disputar el concepto de libertad. La oposición cedió ese terreno durante demasiado tiempo. El peronismo debe volver a plantear que no hay libertad real sin condiciones materiales mínimas, sin comunidad, sin Estado que garantice igualdad de oportunidades. No como negación del individuo, sino como su principal respaldo.El tercer desafío es el lenguaje. La batalla cultural se libra en redes sociales, en conversaciones cotidianas, en climas emocionales. Exige una comunicación menos solemne, menos autorreferencial y más empática. No se trata de banalizar la política, sino de comprender dónde y cómo se construye hoy el sentido común.
El cuarto desafío es volver a representar un pensar colectivo. El peronismo fue fuerte cuando interpretó lo que amplios sectores sentían incluso antes de poder expresarlo. Hoy ese pensamiento existe, pero está disperso y muchas veces canalizado por discursos que convierten frustración en enojo. La tarea no es negar esos sentimientos, sino comprenderlos y darles una salida política.
Dar la batalla cultural implica asumir costos. Implica discutir hacia adentro, revisar prácticas, abandonar comodidades discursivas y aceptar que no todo el pasado ofrece respuestas automáticas para el futuro.
Pero no darla tiene un costo mayor: quedar atrapados en un rol defensivo, reaccionando siempre a la agenda de otros.La batalla cultural no es un fin en sí mismo. Es el medio para volver a construir un proyecto de país que tenga sentido para la sociedad real. Si el peronismo aspira a volver a ser mayoría, primero deberá volver a ser intérprete del tiempo que vive.La pregunta ya no es si hay que dar esa batalla. La pregunta es si estamos dispuestos a hacerlo con honestidad, inteligencia y coraje político. Porque en esta época, no alcanza con tener razón: hay que lograr que esa razón vuelva a ser compartida.

