Redacción de RiojaLibre
Las imágenes y videos que se difundieron en algunos medios menores sobre los minutos posteriores al ataque a Diego Torres reflejan un escenario que realmente nos debiera preocupar, y replantear qué estamos haciendo, en qué nos hemos convertido. Para otro artículo quedará el debate sobre el tratamiento mediático, por ahora solo destacar que resulta curioso que ‘difundir una foto del cadáver de Santiago Maldonado -sin sangre ni morbo- sea anti ético, amoral y el peor pecado periodístico‘, pero difundir una imágenes totalmente morbosas de Diego Torres agonizando ‘esté bien’.
Nos queremos detener ahora en un detalle de la foto que se viralizó ayer. Tapando completamente a Torres, nos permitimos publicar esta imagen:

Esta escena es la prueba cabal de que nuestra sociedad está seriamente dañada, y con un panorama más desolador aún. No solo por el atroz y sangriento asesinato de un joven de 18 años, hechos a los cuales -lamentablemente- nos hemos acostumbrados en los últimos años, sino por ‘lo que viene’, lo que le estamos dejando a nuestros chicos.
A un metro del cuerpo de Torres, agonizando y ensangrentado a más no poder, se ve a un niño de no más de seis años, con las manos en la cintura y una tranquilidad que asusta. ¿En qué nos hemos convertido como sociedad para acostumbrar a un niño a ver un cadáver ensangrentado sin huir despavorido? ¿Qué hemos hecho? ¿Qué le estamos dejando a nuestros hijos?
Obviamente, a la hora de buscar culpables, todas las miradas apuntarán a las autoridades competentes en la Materia. Desde el Ministro de Gobierno y Seguridad Claudio Saúl, hasta la Policía de menor rango. Y claro que tienen responsabilidades; pero para llegar a este punto de violencia extrema, todos los actores de la sociedad hemos aportado un granito de arena.
Nos hemos acostrumbrado a los asesinatos, a las muertes, a los suicidios, a las violaciones, a los abusos, a los cruces de patotas, a los robos, a los arrebatos; NOS HEMOS ACOSTUMBRADO A LA VIOLENCIA. Pero lo más preocupante es que hemos acostumbrado a nuestros niños a la violencia, a crecer y formarse en una sociedad violenta, a que los hechos de extrema violencia sean moneda corriente; a tal punto de que un niño de 6 años ‘ni se mosquee’ cuando ve como un familiar muere desangrado.

