A una mujer le entraron a la casa y la empujaron para exigirle que les pague. A la hija de otra, la increparon mientras volvía del colegio para que su mamá entendiera que la amenaza era real. Una jubilada fue víctima de escraches en redes sociales y le mandaron fotos de sus nietos. Como una bola de nieve, los préstamos informales comienzan en cifras moderadas, en general para pagar gastos corrientes, y, por la aplicación de tasas usureras, que sólo pueden ser aceptadas en momentos de desesperación, terminan multiplicándose y se vuelven imposibles de pagar. En las últimas semanas, la política empezó a poner el tema del endeudamiento familiar con bancos y billeteras virtuales en el centro de la discusión. Hubo marchas, presentaciones en el Congreso y hasta campañas en redes sociales. Sin embargo, ese no es el panorama más dramático de esta crisis. Día a día, en barrios populares y el interior del país, miles de ciudadanos no tienen más opción que pedir préstamos que terminan en verdaderas y violentas pesadillas.
El Destape habló con varios de ellos y las historias tienen dos denominadores comunes: la lucha es solo para sobrevivir y son invisibles para el Estado y la política. Así lo relató una mujer que vive en un barrio popular del Conurbano, trabaja como empleada municipal y gana $500.000. Tiene a su cargo siete personas: cinco hijos y dos sobrinos. Recién este año pudo terminar de saldar su deuda, después de meses de amenazas, exigencias impagables y violencia. Durante varios meses, tras ponerse firme para que le congelaran la deuda, pagó los $1.700.000 que les debía a los prestamistas, de los cuales, además, es familiar. Como de su sueldo no le quedaba nada, sólo sobrevivió gracias a la ayuda de vecinos, compañeros de trabajo y representantes de la Iglesia Católica, que la ayudaron con bolsones de comida. «Yo me hundí demasiado. Me metí y me metí hasta que no pude salir», contó.
Por momentos creyó que no iba a poder salir nunca. Las tasas ya en 2024 eran impagables y la situación no mejoró. Según confió, hoy son de más del 100% mensual: de $50.000 que te prestan, a los 30 días tenés que devolver $125.000. «Si yo no cancelaba ese mes me lo querían volver a renovar», explicó para graficar la desesperación que tenía por saldar los pagos. «Yo a mis hijos les sacaba un plato de comida para poder pagar esa cuenta», agregó.
Cuando se hundió en el endeudamiento, empezó a sufrir la violencia. Intentó explicarles a los prestamistas que no podía pagar lo que le pedían. No funcionó. Fueron a su casa, le gritaron, la empujaron y hasta le sugirieron que vendiera su casa para saldar la deuda. Rápidamente aprendió que la violencia verbal y física es un factor común que sufren las personas endeudadas con prestamistas informales. Una conocida, que está embarazada, tuvo que dejar el barrio y está «prófuga» porque los prestamistas la amenazan con matar a su bebé cuando nazca.
Nadie protege a las personas que se endeudan con prestamistas en sus barrios y quedan a merced de sus amenazas. El sacerdote y diputado de Unión por la Patria (UP), Juan Carlos Molina, presentó un proyecto de ley para sancionar con penas de dos a seis años de cárcel a quien «otorgare préstamos de dinero sin autorización legal para intermediar habitualmente en operaciones de crédito». El texto abre la posibilidad a aumentar la pena si la persona «utilizare mecanismos intimidatorios, amenazas explícitas o implícitas, o presión sobre el grupo familiar del deudor».
Pese a que la crisis de morosidad se convirtió en un tema de debate nacional y una bandera de la oposición en el Congreso, este proyecto no pudo avanzar ni medio casillero. La discusión legislativa sigue centrada solamente en las deudas con bancos y billeteras virtuales.
No es un problema sólo del Conurbano
Mientras la crisis se invisibiliza, crece por el país. Este portal habló con una mujer de una ciudad del interior de la provincia de Buenos Aires de unos 100.000 habitantes. Contó que, desde que asumió Javier Milei, se multiplicó lo que tiene que pagar por servicios, mientras sigue destinando un tercio de su jubilación mínima al plan de moratoria que necesitó para poder jubilarse. Llegó un punto en el que no podía pagar los servicios y para que no se los cortaran se endeudó. Tomó distintos tipos de préstamos, uno de ellos fue con prestamistas informales locales, que le cobraban una tasa de casi el 60% mensual.
Hoy lo sigue pagando. Necesitó tomar nuevos préstamos de otra entidades para no incumplir con ningún pago, pero su deuda total no para de crecer y su calvario empeoró.
Aunque viene abonando a rajatabla los pagos con el prestamista inicial, empezó a vivir otra pesadilla. Se endeudó con un click en una app que está en la plataforma de aplicaciones de Google y que se vende como una forma «fácil» de tomar préstamos. La violencia la volvió a sorprender cuando aún le quedaba todo un día para el primer vencimiento. A la mañana la empezaron a llamar para amenazarla y no pararon hasta la noche, cuando finalmente pudo hacer la transferencia.
Por $52.000 las personas que están detrás de esta app la hostigaron por teléfono y la acosaron con escraches en grupos de Facebook y violentos mensajes de WhatsApp. Le advertían que no estaban «jugando», que seguirían «molestando» a su «puta familia» y le decían que sabían dónde vivían sus familiares, a los que amenazaban hasta con «venderlos». Cuando envió la transferencia a la noche, le agradecieron el pago. «Esto pasó hace alrededor de dos meses. Quedé con miedo, me destrozaron psicológicamente».
Por recomendación de otras personas, fue a hacer la denuncia a Defensa al Consumidor, donde pensó que tal vez la podían ayudar. No se trataba de un prestamista informal, pensó, sino una aplicación que había descargado en la plataforma de celulares que tienen sistema Android. Pero en lugar de asesorarla o al menos comprenderla, la maltrataron. «La abogada de Defensa del Consumidor me trató como si yo fuera la delincuente», lamentó. La persona que trabajaba ahí la retó por pedir plata en una app y le dijo que fuera «a un banco y pidiera un préstamo».
En ese momento, la bronca le ganó al miedo y le contestó a la trabajadora. «Cobro menos de $ 300.000, ¿qué banco me va a dar a mí un préstamo?»
Estado ausente
Los relatos se multiplican y, ante la ausencia del Estado, muchas veces la víctimas sólo pueden contar con los dirigentes sociales que conocen. Uno de ellos es el padre Francisco «Paco» Olveira. En diálogo con este portal, contó algunas de las situaciones que retratan el clima que se vive hoy en los barrios. «La semana pasada hablé con una señora que estuvo a punto de colgarse», comenzó. La mujer, madre soltera de un niño, tiene un kiosco que desde mayo está en caída libre: ni trabajando todo el día puede llegar a fin de mes y mantener el comercio. Para pagarle al primer prestamista tuvo que endeudarse con otro y así empezó la bola de nieve: hoy debe más de 5 millones de pesos.
Paco escucha cientos de historias de endeudamiento y muchas empiezan con la necesidad de comprar lo más básico de todo: la comida. Recordó el caso de una mujer que se tuvo que ir de su barrio después de endeudarse con un almacén. Sí, un almacén. Un día, la señora no pudo pagar todo lo que había fiado, por lo que desde el propio mercado le ofrecieron un préstamo para pagar el fiado y dejarle un resto. «Terminó sin casa, se tuvo que mudar. Al principio, debía un millón y medio; ya lleva pagados más de 7 millones. Le animé a que haga la denuncia en el juzgado, pero no se animó a hacerlo», contó el sacerdote.
Cada historia es más cruda que la anterior. Paco también recordó el caso de una mujer que tuvo que sacar un préstamo porque le apareció un problema de salud. «Agarraron a su hija en el camino a la escuela y le dijeron: ‘Decile a tu mamá que sabemos a dónde vas a la escuela’». Se desesperó porque no podía pagar. Entonces, la situación empeoró. Entraron a su casa y le sacaron lo poco que tenía, como la heladera y el celular que le habían podido regalar a su hija para su cumpleaños de 15, con ayuda de amigos y familiares.
«Uno que vende drogas termina preso, pero un usurero no queda preso nunca. No pasa nada, saben que tienen toda la impunidad del mundo, más en estos momentos con un gobierno que liberaliza todo y que desregula todo», se quejó el padre Paco y pidió que el Estado y la política reaccionen antes que sea más tarde. Las historias de aquellos que pueden endeudarse con bancos y billeteras virtuales son muy duras, pero el acceso a este tipo de préstamos parece un privilegio en los barrios vulnerables donde la única opción son los prestamistas informales, sus tasas usureras y sus métodos violentos.

