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La inflación sigue subiendo, el empleo en blanco se desploma y la actividad económica no deja de decaer

El gobierno nacional festeja ruidosamente el éxito que está obteniendo en los mercados financieros. El riesgo país cayó por debajo de los 500 puntos básicos, lo que acerca la meta de endeudarse con el sistema financiero privado internacional; durante el mes de enero compró más de 1.000 millones de dólares y las acciones y títulos argentinos iniciaron una interesante recuperación en Wall Street y en la bolsa local.

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A contramano del relato triunfalista del gobierno de Javier Milei, el éxito financiero no llega a la calle: cae el consumo, se destruye empleo y crece la pobreza.

La contrapartida es la economía real, donde el consumo decae sin solución de continuidad; los salarios quedan cada vez más atrasados; las empresas siguen quebrando o reduciendo su producción y sus plantillas de trabajadores, mientras que los productos importados inundan cada vez más las góndolas de los supermercados, y SHEIN y Temu incrementan sin techo sus ventas a costas de la industria y del comercio local y de la mismísima Mercado Libre. Por primera vez el empleo en negro supera al formal, y el empobrecimiento de la población y el achicamiento del mercado interno adquieren un rojo cada vez más intenso.

El presidente y las autoridades observan esta contradicción sin inmutarse: sólo ensayan argumentos demagógicos sobre las bondades del libre mercado y sus efectos benéficos para los consumidores. Favorecidos por la inexistencia de una oposición organizada, se ha paralizado brutalmente la gestión pública, a excepción del ministerio de Economía de la Nación y del Banco Central de la República Argentina. El gobierno consiguió ganar la elección nacional de medio término –victoria que debe imputarse con justicia a Donald Trump y Scott Bessent- y aprovechó el envión para avanzar en el sector financiero, pero no hay entusiasmo alguno en la sociedad ni expectativas de mejoras. Antes que a la inflación, los argentinos le temen al desempleo y a la imposibilidad de sobrevivir con los niveles de ingresos en constante debacle. Los datos de endeudamiento familiar para proveer al consumo básico y los niveles récord de morosidad son un indicador fiable de la peligrosa espiral en la que ha quedado la Argentina.

El gobierno recurre, como siempre, a vender espejitos de colores que son renovados por otros, sin que sus medidas tengan algún impacto positivo para la sociedad. La celebración de la cercanía del reingreso a los mercados voluntarios de deuda, la suba de los bonos y la compra de reservas con caída de la cotización del dólar no se traducen en mejorías para la economía real ni para la situación de la mayoría de los argentinos. La inflación sigue subiendo, el empleo en blanco se desploma y la actividad económica no deja de decaer.

De las medidas implementadas y anunciadas como revolucionarias, ninguna tuvo efecto positivo alguno. Luis “Toto” Caputo reconoció en un reciente encuentro con empresarios que el RIGI no consiguió acercar inversiones significativas. Las 13 desregulaciones de Federico Sturzenegger “no activaron nada en concreto”. Los ingresos del blanqueo se fueron por la canaleta. Los préstamos del Fondo Monetario Internacional no se aplicaron a ninguna iniciativa de crecimiento concreto.

Ahora llega el turno de vender una “reforma laboral” que destruirá las condiciones de trabajo de quienes mantengan el empleo en blanco, sin mejorar para nada las condiciones de funcionamiento de las empresas. Una reciente encuesta a empresarios demostró que su principal temor no son los juicios laborales sino la desregulación del comercio internacional y el absoluto desconocimiento de los anuncios programáticos del gobierno sobre bajas y anulaciones de impuestos. Las autoridades les soltaron la mano: la industria nacional debe desaparecer, aunque se trate de la mismísima Techint.

En la Casa Rosada no hay actividad alguna. Sólo hay dos autos y pocas o ninguna entrada o salida de vehículos. A contrapelo de los discursos triunfalistas, los recambios y renuncias de funcionarios se suceden sin solución de continuidad. Todas son disputas por poder, cajas e influencias.

Ante la desaparición de una oposición orgánica, en el gobierno descuentan la reelección de Javier Milei en 2027. Van por más: Karina Milei y los Menem pretenden presentar candidatos a gobernadores en todas las provincias en los próximos comicios. Desde el día después de la elección de octubre pasado, Milei recorre el país en modo triunfal, mientras que la política tradicional parece conectada a un respirador artificial: sólo chiquitaje interno y fracturas en la disputa por la carroña que descarta el gobierno nacional.

La Patagonia puede ser devorada por el fuego mientras que el presidente canta con Fátima Florez y el Chaqueño Palavecino, sin pagar costo alguno en apariencia. La destrucción de las rutas causa espanto hasta en la Deutsche Welle. Los accidentes y catástrofes viales han dejado de computarse. El universo Milei alcanzó su máximo esplendor.

Y, sin embargo, el fantasma de la catástrofe no consigue eliminarse. Ante la ausencia de oposición seria, las internas están devorando al gobierno. La inauguración tan temprana de las carreras electorales está causando estragos. No se ven, pero van creciendo en intensidad. La bomba está escondida, pero no desactivada.

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