Durante todo el embarazo tuve problemas. En realidad siempre tuve inconvenientes con mis embarazos: llegaba a los cuatro o cinco meses y los perdía. Tengo un hijo de 19 años que nació sietemesino, y después de él perdí seis bebés.
De Gianna me embaracé a los 39 años y sin buscarlo, porque después de tantos fracasos y de la angustia que eso nos generaba, junto a mi marido Omar habíamos decidido no volver a intentarlo. Apenas quedé embarazada empecé otra vez con los problemas de siempre, y una médica de La Rioja, provincia donde vivimos, me hizo unos estudios y descubrió que tengo trombofilia, es decir tendencia a desarrollar trombosis (coágulos sanguíneos) debido a anormalidades en mi sistema de coagulación. Esa fue la primera vez que me hicieron un estudio así durante la gestación. Con los embarazos anteriores me analizaban después de perder a los bebés.
Apenas me dieron el diagnóstico me recomendaron que viajara a Córdoba, y desde La Rioja me ayudaron para que pudiera tratarme en la Clínica y Maternidad del Sol, donde estudiaron mis arterias uterinas y detectaron que tenía una obstrucción.
Gianna nació a las 23 semanas, con 520 gramos. ¡Era tan chiquita!, era como una muñeca Barbie. Sus piernitas y sus bracitos eran tan finitos que me parecía que se iban a quebrar.
Los médicos me decían que había posibilidades de que sobreviviera, pero también me explicaron que era un desafío muy duro. Yo estaba segura de que se iba a salvar, y le pedía a Dios para que la cuidara.
A los nueve días de nacer la tuvieron que operar por una enterocolitis necrotizante, que afecta al intestino. Ella estaba muy grave y su vida corría riesgo. Durante esa cirugía sufrí mucho. Era tan chiquita que no me imaginaba cómo iban a hacer para trabajar en su cuerpito. Pero sobrevivió a la operación, y después de eso bajó más de peso: llegó a los 470 gramos. El anestesista que trabajó en su cirugía nos dijo que fue el bebé más pequeño que tuvo que anestesiar.
Durante esos meses íbamos mañana y tarde a la clínica. Nos hicimos amigos de todos: pacientes, médicos, enfermeras. Todos estaban al tanto de Gianna, y eso nos hacía bien, porque Córdoba era grande y nueva para nosotros, y no teníamos conocidos ni amigos.
Cuidar a una bebé tan pequeña era como tocar un cristal. Una piernita de ella era como un dedo mío. ¡Tan frágil! Yo le hablaba y le decía Olivia, como la novia de Popeye, por lo flaquita. Le cortábamos el pañal a su medida y le cosíamos medias pequeñísimas. Las enfermeras, que no nos dejaban solos jamás, nos enseñaron a moverla, a tocarla, a cambiarla, porque la verdad es que nos costaba mucho, teníamos miedo de lastimarla.
Cada día era una nueva batalla, su cuerpito luchaba para vivir, y nosotros rezábamos para que evolucionara y subiera de peso.
También tuvimos mucho miedo de que no pudiera ver, porque nos habían explicado que una consecuencia de la prematurez extrema es la ceguera. Todas estas cosas nos hacían aferrarnos más a Dios. Y gracias a Dios, a los médicos, a las enfermeras y a la fuerza de ella misma, que fue una luchadora y se aferró a la vida, hoy Gianna no tiene ninguna secuela.
Seis meses después del nacimiento, con un kilo y medio de peso, salió de la incubadora y siguió internada. Y un tiempo después le dieron el alta.
Fue tan duro ver a mi hija pelear con apenas unos gramos de peso que cuando me la entregaron no me animaba a estar lejos de los médicos, así que me quedé en Córdoba tres años más, viviendo en un departamento que alquilé a tres cuadras de la clínica. Para eso pedí licencia en mi trabajo. Tenía terror de que le pasara algo y no tuviera a los médicos cerca.
Durante ese tiempo mi marido y nuestro hijo más grande viajaban todo el tiempo a Córdoba para estar con nosotras, pero regresaban a La Rioja porque tenían obligaciones allá.
Desde hace poco tiempo estamos todos instalados de nuevo en nuestra provincia, y viajamos a Córdoba cada tres meses para los controles de Gianna. Cuando vamos, ella, que sabe todo lo que los médicos y las enfermeras hicieron para salvarla, les dice que los ama y los llena de besos y abrazos.

