Por Horacio Pagani
No funcionó el experimento de Alejandro Sabella. Ese de los 5 defensores, con líbero, marcadores y laterales volantes. La Selección arrancó ganando a los 2 minutos con un gol en contra de Kolasinac, un marcador de punta bosnio. Fue una buena noticia de entrada. Pero lo que siguió muy pobre. Se planteó el desarrollo como si fuera una partida de ajedrez. Los defensores distribuidos por todo el ancho de la cancha se prestaban la pelota sin buscar sorpresas, variantes de salida: Federico Fernández hacía de líbero. Garay y Campagnaro marcaban. Zabaleta subía y quedaba a mitad de camino. Mascherano quedaba solo en el medio, Maxi Rodríguez no encontraba posición. Un juego lento, aburrido, monocorde, timorato. Antiguo.
Ahora que Italia decidió soltarse con Pirlo como bastonero y que se parece al estilo argentino de siempre, nuetra selección se pareció, en ese primer tiempo, a la Italia de hace 20 años: la del catenaccio y la aventura de algún ataque. Messi, desconocido, bajaba hasta el medio campo para colaborar con el «préstamo» de la pelota. Y cuando quería encarar, la perdía. Agüero, aislado. Di María sin peso. Si Romero, con un par de intervenciones fue el mejor…
Sólo dos remates al arco desde afuera del área fue todo lo que ofreció Argentina. Sabella se dio cuenta de su peligroso error en el entretiempo y mandó a la cancha a Higuaín y a Gago por Campagnaro y Maxi Rodríguez. Y quedó formado el equipo de siempre, el que le gusta a Messi. El de los «cuatro fantásticos». Como debió ser. Claro, el partido ya estaba en desarrollo y Bosnia -equipo sin muchas luces, salvó el 8, Pjanic- decidió buscar. Dzeko, el fantasma que turbó a Sabella, casi no intervino. Pero con mayores espacios para la contra y con Higuaín como referencia de área mejoró el equipo.
Hasta que Messi, por fin, se acordó de Messi y encaró una maniobra con su sello. A los 19 minutos, la trajo desde el medio a toda velocidad. Hizo la pared con Higuaín, quien se la devolvió justa, recorrió la línea del área del centro a la izquierda, sorteando piernas rivales y metió el zurdazo goleador. Palo y adentro. Con eso, le alcanzó para definir el partido. Y por eso fue la figura. Sin demasiados brillos.
Romero, el otro punto alto, recibió el gol de Ibisevic a cinco minutos del final con un error: la pelota se le escurrió entre las piernas. Un balance descompensado. Fracaso del dibujo ideado para partidos difíciles que no funcionó ante un adversario sin tantas luces. El equipo de siempre corrigió el error. Victoria 2 a 1 en el debut ante Bosnia. Vale. Pero igual quedó una sensación agridulce. Habrá que mejorar, entonces.
FUIMOS LOCALES
“Vení, vení, cantá conmigo, que un amigo vas a encontrar, que de la mano de Leo Messi, todos la vuelta vamos a dar”. Así comenzó la tarde para los argentinos que llegaron -y pudieron entrar- al Maracaná. Cantando al ver al ídolo en las cuatro pantallas gigantes del estadio. Siguiendo con un fin de semana de locuras que empezó unos días antes en las playas de Copacabana y se prolongó hasta el debut en un escenario mítico. Ese que ilumina e inspira. Se esperaban 20 mil. Fueron muchos más. Y sambaron al ritmo de un partido que los llevó de la ilusión a la cautela y finalmente al desahogo.
Pero el partido de la gente no fue solo entre Argentina y Bosnia. Brasil, dueño de casa, no se lo iba a perder. Por eso no sorprendió cuando a los pocos segundos de juego, se escucharon silbidos desde cada una de las tribunas. Tampoco cuando las reprobaciones caían sobre Messi. No eran argentinos, claro. Allí empezó el duelo. E involucró al capitán, a Maradona -presente en el estadio-, a Pelé y al Papa Francisco. Sí, también era una cuestión religiosa. Hasta Jesús -o un doble- se sumó a las tribunas con una remera del Diez y la Copa del Mundo a su lado. Dios es argentino, dicen por las calles de Buenos Aires. Los brasileños no creen lo mismo. Ellos, en cambio, llevaron su calor a Europa del Este. Y el duelo se hizo canción.
“El que no salta es de Brasil”, de un lado, después del gol en contra de Kolasinac. “Pentacampeón”, del otro, con un partido sin definición. “Y ya lo ve, somos locales otra vez”, la respuesta. En las tribunas estaba lo mejor. Porque adentro de la cancha, el equipo se encargaba de dormir al juego sin fútbol ni llegadas al arco rival y también a esos locos que viajaron miles de kilómetros e hicieron lo imposible para llegar a la que podría ser la única oportunidad de sus vidas de presenciar un Mundial.
La siesta no duró mucho. Cuando Messi dejó a dos hombres en el suelo y definió con la zurda para marcar el segundo, la gente se despertó. ¿Acaso alguien puede serle indiferente a un gol de semejante magnitud? En Rio de Janeiro, no. En Argentina, tampoco.
Tardó unos minutos en reaccionar el público local. Pero el gol de Bosnia los levantó. A los de celeste y blanco no les importó. Por suerte, reinó la paz.
La Selección logró anoche unir a Rosario y a Avellaneda, por ejemplo. Juntó a un hincha de Central con uno de Newell’s, consiguió un abrazo entre los de Racing e Independiente. Pero no lo hizo con su juego. Sí con un sueño, el de ser campeón mundial y el de arruinarle la fiesta a Brasil.

